Hay amores que llegan sin ruido,
como un amanecer tímido
que de a poco va pintando el cielo
hasta que uno se da cuenta
de que ya no hay noche,
solo luz.
Y así sos vos en mi historia:
apareciste sin pedir permiso
y terminaste ocupando un lugar
que ni yo sabía que estaba vacío.
Amar no siempre es torbellino,
a veces es ternura,
es un susurro que te acomoda el alma,
es un “estoy acá” que vale más
que cualquier épica declaración.
Es sentir que con tu presencia
todo se vuelve un poquito más fácil,
un poquito más verdadero.
Yo no sé qué planes tiene el destino,
pero sí sé lo que mi corazón aprende
cada vez que piensa en vos:
que hay personas que no pasan,
se quedan;
que hay miradas que no se olvidan,
se guardan;
que hay conexiones que no se explican,
se viven.
Y si alguna vez dudás de tu valor,
recordá que para alguien —para mí—
sos certeza en un mundo de dudas,
sos abrazo en días fríos,
sos faro en mares revueltos.
Porque lo nuestro no se mide en palabras:
se mide en latidos,
en esos silencios cargados de sentido,
en la forma en que tu nombre
parece encajar perfecto
en el ritmo de mi vida.