Llevo muchos soles sobre mi espalda,
y hasta hoy
también unas cuantas lunas,
apilando moneda sobre moneda
como construye uno
un muro contra la intemperie.
Estirando los metros
para que alcancen las letras
de tu nombre y mi nombre,
y levantar esas fronteras
hasta donde nuestros hijos
puedan un día correr sin miedo.
Pero ya ves cómo es esto,
nuestras pequeñas montañas,
labradas con el sueño de noches,
con la fatiga de los días,
tienen la mala costumbre de derrumbarse.
Las tormentas son hambrientas
y las montañas de pronto
se vuelven colinas,
y esas colinas poquito a poquito
se barren hasta quedar
en una muerta llanura.
Empiezo a calcular las mermas.
Y los pasillos se encogen.
Quizá ya no hay patio para la pelota,
ni escondites secretos, pero seguro
(pienso, para consolarme)
les cabrá un celular en sus pequeñitas manos.
(Casi los veo sonriendo.)
Hoy, sin embargo,
con un poquito más de esfuerzo,
al precio de la mitad de esta vida enferma
y alquilando la media restante
vengo a darte esta noticia.
Traigo este fruto en mis manos.
Al fin, después de tanto restar y dividir,
nos conseguí un pedacito en allá en tierra.
Es chiquito, sí, pero alcanza,
al menos, para que nos sepulten juntos.