Ya es algo evidente
que no se me
concedió
desde el momento
en el que floreció
la flor que abriría mi vida,
el don que tienen
algunos sobre la alegría.
Al contrario,
se me concedió
una flor
con un destino algo
sombrío,
donde
no existe
tal emoción
como el de la felicidad.
Al principio fue duro
y doloroso
pensar
que mi vida giraría
en torno
a todo lo que llamé
la tristeza.
Me resistí
durante
mucho tiempo
a esa idea,
hasta que se me concedió
el derecho
de poseer, cada
cierto tiempo,
pequeños descansos
donde se me otorgarán
las condiciones aptas
para que yo pudiera
sonreír.