Era una noche destilada del tuétano, escribí aquel poema,
¡la sangre descendió desde mi pelo cortísimo hasta mis ingles!
Me unté el miedo sobre la desnudez; mi herida estalló a la luz de la luna,
un arma de ojos rasgados.
En mis brazos murió la Şahmeran.
Y en el frío sifilítico hice crecer el Acrópolis.
Hincaron las campanas los reptiles rojos.
Grabé una señal de hierro en mi multitud.
Mi cadáver, siglos que aguardé, lo olvidé en armarios.
Construí con mis uñas torres de papel—
el viento que soplaba derribó mis fortalezas.
Momifiqué mis brazos enredadera-humana—
un mundo como una noria, transitado por los solitarios.
La primera despedida, morfina derritiéndose
en la pletina de relojes crónicos…
Como soldados inmóviles apoyé el gatillo en mi sien;
hormigas irrumpieron en mi cerebro.
Motivos de relámpagos al pie de mi cama…
En un cuarto de madera, mohoso, bajo, puntiagudo…
Repté en la cama con un juguete en mi regazo.
Locos febriles se mezclaron con mi gemido.
Una pantalla es lo que tengo entre lo que es y lo que no es.
Mi paz interior, peste de flores,
juega al escondite con los ojos de mi madre.
Mi ira portátil—del color del cartón—
vuela por mi ventana hacia afuera,
¡ah, mi infancia que no pude vivir!
¡Desciende por la pared!
Caigo veloz del ímpetu al calabozo.
Einstein engancha mi cuerpo a una clase
y grita: “¡Tú, demente, detente, tú, fugitivo!”
Yo y mi unidad en la tal habitación de un edificio;
yo, tejido cartilaginoso del poema…
Me agarró del cuello y apretó mis dedos.
Tengo frío, ¡calienta ya mi oscuridad hecha de veneno!
Ahora, una leyenda es la verdad:
¡Se congelan hasta el apocalipsis las venas humanas!