Te presentaste como el amor de mi vida,
tan seguro, tan brillante,
como si el destino hubiera decidido por mí
sin preguntarme nada.
Y yo, tan dispuesta, tan rota,
te abrí la puerta sin medir el viento,
sin leer las señales,
sin imaginar lo rápido que se apaga
lo que arde demasiado.
No me dio tiempo de procesar
lo veloz que te fuiste de ella—
de mi vida,
de mi pecho,
de ese lugar que apenas te estaba haciendo.
Llegaste como promesa,
y te fuiste como sombra.
Así de simple,
así de cruel,
así de inevitable.
Ahora solo me quedan los restos:
la confusión,
el hueco,
la sensación absurda
de haber amado a un fantasma
que solo estuvo aquí
lo suficiente para dejarme en ruinas.