Así nomás comienzo,
con las manos vacías
y el pecho lleno de intención,
con el eco de lo que fui
y la fuerza de lo que voy a ser.
Empiezo sin permiso,
sin guion,
sin esperar que el mundo me abra la puerta.
La empujo.
Entro.
Me planto.
Comienzo con las cicatrices a la vista,
sin vergüenza,
porque las heridas también cuentan historias
que la piel sana no sabe narrar.
Así nomás comienzo,
con dudas que tiemblan,
con certezas que aún no nacen,
con ganas de reconstruirme
de adentro hacia afuera.
Y si caigo,
me paro.
Si duele,
sigo.
Porque el inicio no siempre es luz:
a veces es un fósforo prendido
en plena tormenta.
Aún así, arde.
Así no más termino.
No con derrota,
sino con decisión.
Termino cuando algo deja de merecerme,
cuando el camino ya no avanza
o me pide que me encoja para caber.
Termino sin culpa,
porque crecer es elegir
qué puertas cerrar
para que otras no se queden esperando.
Así no más termino,
cuando el alma me avisa,
cuando el respeto pesa más que la nostalgia,
cuando quedarse duele más
que irse.
No es abandono:
es coherencia.
No es cobardía:
es amor propio.
Principio y final,
dos puntos que parecen enemigos
pero son aliados:
uno abre,
el otro libera.
Uno prende fuego,
el otro apaga la mentira.
Así nomás comienzo.
Así no más termino.
Y entre ambos extremos
voy siendo yo:
más claro,
más fuerte,
más mío.