Hoy, me crucé con tus ojos
tenías una tristeza tan honesta
que mi propia pena
se detuvo un instante
a la orilla de tu mirada.
Fue entonces que entendí
la orfandad y el abandono
que duerme en las calles de enfrente.
Comprendí también
que esta puerta mía
que alardea de cerrada
en el fondo
es una invitación abierta,
un simple intento de ser refugio.
Y qué ganas tuve
de cruzar
tomarte del brazo
y jugar a que vos criatura
justo vos me necesitaras.
Pero miento.
A quién engaño con este cuento
de quijote.
Si tus ojos
presuntamente tristes
son la excusa que yo
con mi soledad
estaba necesitando
para decirte:
mirá
ya sin tanta vuelta
que si te hace falta
aquí tenés mi casa.
Aunque sepa de sobra
que sos vos
la que vendrá,
y así
sin querer
lo salvés a uno.