El rey de mi lamento,
arrogancia que acumula en mil fragmentos,
su piel, hipnotizante ante su frialdad que arde.
Dije no a su hechizo, en vano,
olas de intentos derretidos.
Un martirio se acumula, mientras
yo en el olvido.
Cuánto queda, la paciencia
desespera. Tantas
coronas, ninguna pertenecerá
a mi cabeza.
La certeza, sí, él
nunca amará, ni a mi corazón,
ni a la princesa.
Su nombre lloraré, entre
puñales de cristal. Y el
amor se reirá, de aquel
chiste que mi alma
ha de sangrar.
Cortell.