Ya no escribo con frecuencia.
No porque no sienta,
sino porque a veces
sentir duele más que callar.
Hubo un tiempo
en que cada herida era un verso,
cada silencio, una línea,
cada lágrima, tinta.
Pero ahora el papel me mira
como preguntando si aún tengo algo que decir,
y yo le respondo con una pausa,
con un suspiro que no llega a ser poema.
Ya no escribo con frecuencia.
Quizá porque entendí
que no todo lo que duele
debe hacerse palabra.
O quizá,
porque aprendí que hay cosas
que ni el verso consuela.
Pero a veces,
en la noche tibia,
una frase insiste.
Golpea suave, pero no se va.
Y entonces escribo.
No como antes, con rabia o desborde,
sino como quien guarda una carta
que nadie va a leer,
pero igual necesita dejar escrita.
© Corazón Bardo