Todavía recuerdo cuánto me gustas.
Veo tus ojos cuando pasas, y siento la alegría inmensa de mirarlos:
esos ojos heridos, más brillantes que la estrella Sirio,
que entre tantas nunca escapan de mi mirada,
me hipnotizan mientras yo me muero.
¿Por qué razón llegarías a mirarme, a besarme?
No soy ni la mitad de aquel a quien miras,
a quien diste tu luz,
esa luz que tanto busco
y que hoy acaricia un jardín que no es el mío.
Es solo atención,
pero te gusta más él,
aquel que yo desearía ser:
la brújula que guía a tu estrella más brillante.
Te observo caminar a su lado,
tomar su mano,
apoyar tu brazo sobre su cuello,
y entonces el frío me abraza a mí.
¿Cómo podría yo odiarla?
Ella es un ángel.
Desearía no ver esos ojos más brillantes que un cielo azul.
Y, sin embargo, logro ver en el brillo de tu ser
la vida que jamás podré tener contigo.
Los recuerdos son la penitencia de mi falta de valor.
Lo único que me falta es un abrazo
que termine de oscurecer mi visión
y me deje llevar por esta fiebre
que me hace preguntar:
¿qué podría haber dicho para cambiar mi destino?
Aunque no te escucho decir ni una palabra,
ya hablaste lo suficiente,
mi pequeña estrella.
Sentado en mi cama, imaginando el cielo lleno de estrellas,
me pregunto si todo fue un disfraz o una amarga broma.
Allí donde todo era ficción, futuro y predicción,
donde ahora no sé dónde estoy.
Y siempre que te veo deseo preguntarte
si recibes suficiente amor,
o por qué te veo tan triste.
Pero luego te veo enmascarar tus tristezas
con esas sonrisas tan brillantes
que oscurecen al sol,
que en pena se esconde detrás de las nubes,
mientras miro sobre mí el vacío
que se expande desde lo alto.