He llegado al punto en que la tristeza
mudó su forma, tornándose en ira;
ya no hay consuelo, ni hay fortaleza,
solo un volcán que en mí conspira.
Cada jornada mi rabia crece,
cada recuerdo me quema más;
quiero gritar, que el alma empiece
a hallar sosiego… pero no da.
¡Quiero desahogarme!, pero no puedo...
Pues el dolor me ata y domina;
mi pecho es cárcel, mi llanto un credo,
mi voz se ahoga, mi fe declina.
A veces lloro sin esperanza,
pregunto al cielo, con voz quebrada:
“¿Por qué lo hizo? ¿Qué me faltaba?
¿Soy tan malo para tal desgracia?”
Quizá, tal vez, en mi condena,
haya en mi ser alguna razón,
mas si soy malo… que esta pena
sea mi justa expiación.