Salva Carrión

Habrá poetas que lloren versos

 

 

 

Habrá poetas que lloren versos,

habrá versos que lloren poetas.

Planetas que giman universos,

universos que giman planetas.

 

¿Dónde bogan las cenizas del mar,

de corazón caído y silenciado

de quien siendo amado no supo amar?;

¿o será otro cometa ya olvidado?.

 

El firmamento se disfraza de ébano,

las estrellas son pobres farolillos,

vaga mi rezo por un ciclo arcano

atrapado en su propio laberinto.

 

Acaso es agua de un sueño fatal,

esfera madre de centella errante

de un recelo, un miedo tan irreal

ante el cual yo me erigía arrogante.

 

Crucé la noche de la incertidumbre,

buscando un alivio en la inmensidad,

y hoy que tu pecho me ofrece su lumbre,

huyo por siempre de la soledad.

 

Se tú el amor que una vez presentí

para que no regresen negras dudas,

y haz que me quede prendido de ti

después de noches de sábanas mudas.

 

No permitas que se marchite

esta flor nueva que hoy nos une,

ni que la parca nos envite

la devoción que nos reúne.

 

Afuera el viento llama con violencia,

vieja Hidra de mirada congelada:

Se entibia el aire con tu presencia

al ver que hui de la emboscada.

 

Mira, que solo pido tu color

para apagar la brasa de tristeza,

un astro que me quite este dolor

y corone el laurel de la certeza.

 

De ti tan solo busco aquel abrazo

que alivie la fealdad de mi velo,

de ti tan solo busco el dulce lazo

del beso que me eleve hasta tu celo.

 

Serás lumbre de mi cercano faro,

verde refugio de fraternidad

y yo seré tu risa clara y amparo

en mi acogedora hospitalidad.

 

Atrás quedaron las sombras errantes,

el miedo antiguo que me consumía;

hoy nuestras almas caminan constantes

y tejen la trama de la armonía.

 

Ya se enciende el hogar que nos cobija,

los rescoldos duermen en el silencio;

deja que la clepsidra afuera elija:

aquí adentro tu mano es mi sustento.

 

Dame de ti lo que puedo soñar,

cabaña de cristal de noche entera,

futuro que vamos a diseñar

juntos en esta abierta frontera.

 

Ruego, vates de versos de agua y fuego,

que no lloren por astros desvalidos;

no habrá clemencia para mi gran ego

ni para estas dos tramas que han unido.

 

Mas hoy admito, con soberbia herida,

que fui el ombligo de un suntuoso ególatra;

ni el astro limpio curará mi vida,

ni habrá clemencia de ningún gran bardo.

 

Ni los poetas limpiarán mi afrenta,

ni los astros darán su absolución;

mi propio luto es la feroz tormenta

que me condena a eterna reclusión.

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