Nunca creí en el destino hasta que la conocí,
siempre he llevado mi bandera de miserable
y mi amargura atado a mi impávido rostro,
hasta que fui preso de su dulce mirada.
Pero mi conciencia comenzó a perseguir
cualquier rayo tenue de esperanza amorosa,
sin embargo, mi corazón de poderoso brío
se intimidó ante la sensación anhelada.
Que alojaron estos sentimientos hacia ella
y por perseguirla me senté detrás suyo
en la guagua, donde contemple la delicadeza
de su cuello desnudo, y su piel perfumada.
Sus hombros cincelados, su perfil erguido;
tal obra debió ser creada por Miguel Ángel,
sabiendo que Berlini se pondría celoso
yo quise hablarla, pero mi alma estaba atada.
Mi conciencia me decía: ¡Adelante, acércate!
y por un instante obtuve el valor merecido,
sin embargo, paré en seco, alucinante,
por culpa de la timidez que me provocaba.
Así como de todo vicio que lo apresa sin duda
y dónde la desdicha golpea su vientre;
para quien no conoce de la muerte y su don
imaginarme con ella es lo que yo necesitaba.
Para darle un poco de calidez a mi vida
y los motivos por el cual yo estoy necesitado
el hecho de sentirme por una vez amado
Yo quería que ella en su manto me cuidara.
Y de tanto imaginarme demasiadas cosas
y de hundirme en los mares del ensueño
no me di cuenta que ella ya se había marchado,
que ella, sin dudarlo y sin decir adiós se bajara.
Y con el descuido, la fantasía, la sorpresa,
mi corazón se transformó en roca
y de nuevo la miseria inundó mi vida
cuando de la guagua se bajó la que pudo ser mi amada.