Te descubrí esa tarde,
y era tarde en todos lados,
tarde para nosotros,
para la gente que corría,
tarde para todos,
menos para este
que dice ser corazón.
El sol indiscreto no supo
guardarte,
y vos tampoco tener otro rumbo,
infinitas perlas volaron
de tu cuerpo ágil,
como un vendaval
que desordena la memoria
del polvo.
Y yo, para ser franco,
de repente me sentí pobre,
de una pobreza antigua,
de esas que se reúnen
en las cantinas de las sombras,
ahí donde crece el musgo
y la vida de a poco se conforma.
Y cómo no desear
ser sol,
o tarde, o brisa, o lo que fuera
con tal de rozarte,
de acariciar un instante tu contorno
como esa prenda que abraza tu cuerpo,
y sabe guardar el secreto
de tu esencia en sus hilos.
Pero no hubo manera.
Era tarde.
Irremediablemente tarde
para quedarnos,
para descifrarnos.
Tarde para esta vida,
que no tuvo un designio amable
capaz de mostrarnos
tan siquiera
cómo mirarnos.