Ella es la línea de ese lucero que brilla en lo alto de las montañas,
que despierta mis latidos
cuando se asoma en el horizonte
la mañana.
El canto de los gorriones
que se escucha en los árboles
y retumba con apacibles sonores;
su nombre recibiendo los honores
honores
honores,
escondidos en las notas
de una canción.
Ella es la viveza del río que acaricia su cauce que viaja a través de un suspiro
y envuelve su cuerpo
en un velo suave.
La desnudez de la piedra es sometida a los placeres del musgo verdoso
que florecen en sus pupilas
los candores del deseo amoroso.
Nacido del leve beso
que encadena mi delicia
y los encierra en mis adentros.
Ella es la noche calmada
que
inventa
los
sueños
y
transforma
el
valle
en ritos ajenos.
Sobre la playa
sobre la silueta
y el misterio de su mirada,
allí guarda el infinito
y sobre su piel una alborada.
Mi amor en su corazón se guarda.
Suelta las bestias que vigilen las entradas al recinto divino
que son sus piernas cruzadas,
que forja un sortilegio
que
va
directo
al
Valhalla.
Ella es la flor que muda caricias
una Venus
enamorada
una playa poseída
por el yugo del mar que socava
el
instinto
carnal
que
me
debilita,
y el infierno
se desata.
Sobre el silencio que palpita
entre sus labios y la savia
que se derrama en mi cuerpo y me bendice cuando grita.