Deslizar la suave caricia sobre su inmaculada tez,
rozar sus labios purpuras…
cual acaramelada quimera de pasión,
florecer en un huerto de especies multicolor,
brotar como un manantial de deseo…
y recorrer las atarjeas de la excitación.
Volver a surgir en el regazo de un tibio amanecer…
y reaparecer colgado de un haz de luz,
conjugado por un trémulo y vibrante palpitar….
que nos haga estremecer.
Suspirar profundamente…
y quedarse suspendido de la ilusión…
delirando por una nueva oportunidad.
La euforia desbordada,
el entusiasmo escapando del infortunio,
huyendo de la indolencia que tanto daño provocó.
Danzar bajo la lluvia…
y cantar como el lozano gorrión…
que se atrevió a desafiar al inclemente turbión.
Agita el alma escuchar tan sublime melodía…
como expresa su más delirante sentir,
asombrosa sinfonía que place los sentidos…
y cautiva los asustados latidos del corazón.
Bendita la hora que supimos coincidir,
ni un fragmento de segundo antes,
ni un siglo de espera después,
fue cuando tuvo que ser
y satisface al espíritu…
vivir esta celestial casualidad.
Enamorado de la perfección de la exactitud,
de ese encuentro maravilloso con sus ojos,
del nerviosismo incontrolable de sus antojos,
y la ardiente experiencia al rozar su piel.
Todo preciso, con un cálculo supremo …
escrito en los compendios del destino…
con el consentimiento del divino poder.