azulcobalto

Sin manos.

Era evidente mi manía constante de mover objetos

con la mano izquierda.

Aunque la tinta deslizaba diestramente

y la copa amena cobró vida siniestra.

 

Alguna vez quise ser bondadoso y derecho,

pero siniestramente supe que no nacía del alma,

que la línea entre la bondad y la soberbia

no tiene alguna mano que la oriente y dibuje.

 

En mi mente infantil yo quería ser zurdo,

asumía posibles rasgos diferenciadores y atractivos.

Quería ser un zurdo de postulados y gestos,

un joven zurdo del cual todos supieran su condición.

 

Supe, luego, de gremios ambidiestros,

impulsados por luchas comunes e intereses individuales.

Supe de duelos y frustraciones, en mi afán de ser zurdo.

Supe que los ideales son rocas lustradas y quietas.

También supe que la soberanía y el heroísmo

son condimentos para el “breakfast” y el “lunch”,

pero que carecen de proteínas de interés local y cotidiano.

 

En mi afán de ser zurdo, supe que aún hay zurdos,

unos con nostalgia histórica que suman anécdotas

y minimizan el horizonte y la novedad del agua.

Otros tantos que, estando cómodos con sus ideales recientes,

miran de lejos el agua y el volcán,

pero les late muy fuerte su nuevo corazón bicolor.

 

Admiro, con franqueza, la unión del agua y el fuego,

también me gusta la sutileza del macho ratón

y la satisfacción que continua al ardor del sol,

cuando el café sereno nos recuerda la herencia del maíz.

También admiro la inspiración no sesgada.

 

Un día quise ser zurdo y construir aviones desde cero,

pero aun pudiendo construir una máquina prometedora,

el cielo se ha vuelto escaso y el gris predomina en el horizonte.

Yo quería ser zurdo y ahora me siento sin manos.