Las explosiones en tu cielo de acero y hollín
son el pulso de mi ciudad, a lo lejos.
Tus noches, de pólvora, miedo y sin fin,
son mis mañanas de té y de reflejos.
Mi voz, una caricia de seda amarga y fría,
se pierde entre el estruendo de tus armas.
Tus palabras, eco de una canción de un día,
me llegan como un susurro entre tus lágrimas.
Me imagino el sabor de la ceniza y de la sal
en tu barba de días y de pena profunda,
el olor a humo que a tu piel la hace irreal,
el frío en tu mirada, una herida que abunda.
El aire que respiras, denso y amargo,
tiene el eco de un grito sin nombre.
El que respiro, dulce y largo,
teje el vestido de tu regreso.
La soledad es una música que no tiene notas,
un color sepia que lo desvanece todo,
mientras mi corazón dibuja gotas
de dolor sobre este asfalto que es mi lodo.
No te toco con mis manos de escarcha,
sólo con la luz de un sol pálido y cansado.
Tu recuerdo, una flecha que me traspasa,
y un sabor a jazmín envenenado.
La distancia es un velo violeta,
que nos cubre y nos separa en dos mundos,
tu eres un dolor, yo soy tu poeta,
que te nombra y te canta en sueños profundos.
En tus calles de Kiev, suena un grito sordo,
mientras aquí, una melodía se desliza,
y este aire que respiro, que es tan gordo
de tu ausencia, me oprime y me paraliza.
El teléfono es un río de cristal,
en donde tus palabras fluyen sin prisa,
pero al llegar aquí, se vuelven un puñal,
que me apuñala el alma y me somete a la brisa.
Tus besos, una melodía amarga y lejana,
se disuelven en el aire de este lugar,
y tu piel, una estrella que ya no emana,
la luz que me hacía suspirar y amar.
Y así nos amamos en este tiempo roto,
con tu guerra y mi silencio de cristal.
Tú, un sueño, ahora envuelto en una foto,
y yo, una esperanza con un deseo, una señal.
¡Y… de Paz… lo irracional!