Kama Sutra
—¿Dónde aprendí?
—me preguntas—. Las maniobras de amante experta,
como si la piel tuviera escuela.
Lo aprendí contigo.
Cada pliegue,
cada movimiento,
cada sílaba sudada de tu boca
fue enseñanza.
Tu boca,
ah, tu boca,
un cántaro invertido.
Tú eras el libro.
Y yo, la lectora.
Ensayé contigo todos los placeres,
cada uno.
Hasta los que aún no tienen nombre.
Fui leyendo y saboreando tu carne
como versos secretos,
grabados a fuego lento.
No hay técnica.
Solo escucha.
El cuerpo sabe lo que el alma calla.
Te estudié con hambre de eternidad.
Cada encuentro fue un texto sagrado,
y tu cuerpo, la caligrafía más precisa del deseo.
Un instrumento afinado,
hecho para extraer música de la carne.
Aprendí a devorarte,
a romperte con pasión,
con hambre, con método.
Con el peso de quien sabe
que el cuerpo que besa
es también un espíritu que despierta.
Y transmití el incendio que llevaba adentro.
Te habité con el cuidado de quien entra
en un templo oscuro
sin encender la luz.
Tus ansias iluminadas y tus manos me guiaron
sin saberlo, cuando me sujetabas la cintura.
No era solo para acercarme a ti,
sino para que yo marcara el ritmo
de la enseñanza.
Te entregué ese pequeño corazón que está escondido entre grietas.
Ese susurro escondido
entre las páginas más íntimas del cuerpo,
la joya secreta
que solo el tacto paciente descifra.
Es un altar,
y la entrada no es un acceso,
sino un umbral
que se honra
con dedos sabios,
con boca húmeda,
con respeto que gotea lento,
sin prisa.
Soy tu obra.
Tú, mi instrumento.
Tú, mi espejo multiplicado.
Tú, mi discípulo más peligroso.
Y ahora, te haré el amor,
nuevamente:
pero no en una noche cualquiera,
de esas que cuelgan bajas,
sino con un velo húmedo sobre la piel caliente del mundo.
Me confío a ti,
como se abre una confesión.
Y tú caes en ellas
como cae un guerrero en la fe:
con hambre y con temblor,
con tu cuerpo desnudo sobre mí
y la espalda arqueada levemente —
como una pregunta sin respuesta —
dejando que la oscuridad se beba los contornos.
Y allí, en el centro del cuarto sin nombre,
te recibo con la paciencia
que espera el cuerpo antes del roce.
Mis manos hablan otro idioma,
uno que no aprendí en libros,
pero que el pecho entiende,
que las caderas traducen,
que los muslos responden
como campanas en una misa de medianoche.
Y mis dedos viajan por tu cuerpo,
como monjes caminantes y curiosos,
como quien, en su primera jornada,
ansía aprender cada curva del sendero,
cada señal del paisaje,
cada misterio del camino que se abre
en la piel viva del mundo.
Nos encontramos así —
bajo una luz que no es luz,
sino sombra perfumada por el sofoco.
No hubo prisa.
Porque el deseo no corre,
el deseo gotea.
Como vino espeso desde un altar pagano,
como el sudor que no sabe si es de miedo o de promesa.
El arte de amar no está en poseer,
sino en sostener —
la mirada,
el temblor,
el filo del gemido,
el silencio justo antes del grito,
la lágrima entre piernas.
La noche entonces
no fue noche.
Fue altar,
fue lecho,
fue página escrita con dedos y respiraciones.
Y cuando el silencio volvió,
no lo hizo solo.
Venía cargado de ecos,
de nombres que no se dijeron,
de sílabas que el cuerpo guardó
como secretos sagrados.
—¿Dónde aprendí?
—me preguntas—.
Allí.
En tu virilidad:
una vehemencia vertical,
como rama despierta en primavera; un alzamiento tan bello, tan urgente,
un latido firme.
Fue entonces
cuando el mundo dejó de ser mundo
y se volvió respiración.
No era noche.
Era altar.
Era lenguaje sin nombre.
Era creación.
Mas tú, sin quererlo,
pronunciarás mi nombre
sin quebrarlo, pero pensando:
en el códice escrito con placer antiguo,
encendido con ritmo y oro.
—¿Dónde aprendió
el Kama Sutra? —
Y entendí, al rozarte,
que el amor no se enseña ni se aprende.
Se recuerda.
—L.T.