El sol despierta con un murmullo dorado,
acaricia los techos, las calles y los árboles,
y en cada rayo late un suspiro del mundo,
un recordatorio de que todo renace.
El mediodía se expande, ardiente y vibrante,
la vida se agita bajo su mirada clara,
y las sombras juegan entre la luz intensa,
como secretos que solo el tiempo entiende.
El atardecer tiñe el cielo de nostalgia,
los colores se mezclan en un abrazo silencioso,
y cada nube parece susurrar memorias,
mientras el día se inclina hacia la calma.
La luna emerge, plata suave en la oscuridad,
tejiendo sueños sobre techos dormidos,
y las estrellas, sus pequeñas centinelas,
guardan las promesas que el día dejó atrás.
Sol y luna giran, danza eterna de luz y sombra,
un ciclo que nos recuerda que todo fluye,
que la alegría y la melancolía conviven,
y que incluso en la noche más profunda
hay un brillo que nos acompaña.