J.P. Vázquez

Primavera

 

He descubierto en ti todas las estaciones del año;
pero las flores crecieron en la brisa de la primavera.
Pueril en impresiones, diversiones, risas y en lo que fuera.
En cada estación más añoranza y evocación de lo antaño.

 

La práctica, crítica y gestión de mis valores
procuraron hacer de nuestra amistad una de las mejores;
porque uno descubre que amar no se limita en Eros
y es abrazarle las virtudes y los errores.

 

Abrazarle sus verdades y calamidades,
aceptar hasta lo que se considera mierda detrás de sus beldades.
No confundir con verdades… y la verdad es que te extraño.
La esencia admirada no se ha visto corrupta tras temporadas.

 

No me siento un extraño a los sentimientos encontrados.
Picardía infundía en nuestros momentos lo fortuito de la chiquillería;
abrirse sin tener el miedo de ser juzgado,
y esa bella plenitud de escuchar más que ser escuchados.

 

Formas y categorías imprimimos con razonamiento a los objetos,
pero en la forma de un lienzo vi la manifestación de tus sentimientos.
Yo fui un fiel espectador y lo sigo siendo.
Si una vez admiré la estética de la pincelada de tu talento
no se pierde la fluidez de digerir todo tu compendio.
Las flores nacidas se fortalecieron en verano.
Nos regábamos de formas puras de singularidad;
nos seguíamos en fraternidad como un par de paganos.

 

Ante la desdicha de perder el rumbo de tus pasos,
ante mi descuido en las estaciones de regar la flor
los pétalos llenos de colores denotaron nuevos trazos
y el perdón no está implícito en el signo delator.

 

Pero, hermana, en todos tus momentos aversivos,
hoy día acepto sumisión en caso de volver a ser tu amigo;
como cuando tus victorias eran mis victorias,
como cuando perder se volvían mis derrotas.

 

¿Pero por qué la derrota es motivo de vergüenza
si al final de cuentas una enseñanza aprenda?
Y de aprehender, aprehendería con mis manos todo el jardín
porque si el otoño te cambia, ¿el invierno qué será para ti?

 

A final de cuentas uno es nostálgico a su modo.
Siempre sometidos a la crónica terrenal del todo.
Tanto te agradezco a ti, hermosas flores saliendo del lodo.
En tu propia autorrealización no encuentro mejor apodo.

 

Y aún te quiero independientemente de lo demás.
Silenciado con una lanza, largos kilómetros de distancia.
Amaría con ansias pensar que un día me encontrarás,
y ojalá logre ver de nuevo la pureza de tu etapa primaveral.

 

Reconozco tu fuerza, tu ambición y tu destreza;
confío en que crecerán más flores en la corteza.
Lo más sublime de ti se presentó como aurora boreal.
Entre nosotros sólo una condición: solamente incondicional.