En la penumbra donde el ave sacra
exhala su postrer suspiro herido,
el fulgor de la gloria, ya extinguido,
su corona mortal rauda consagra;
la sierpe vil su ponzoñoso lacra
destila en pechos de linaje ungido,
mientras el cáliz, pérfido y bruñido,
su hiel derrama en la infinita fragua.
Mas la virtud, diamante inmarcesible,
resurge altiva en llamaradas puras
cuando el valor su senda hace visible;
¡Oh, noble tierra de las desventuras!
El espíritu, enhiesto e invencible,
vence del tiempo infames imposturas.