Cuando la ruina cubre mi jornada,
y el polvo ahoga huellas del camino,
renace en mí la voz del peregrino
que empieza sin temor su nueva andada.
Se quiebra lo que fui, la vieja espada,
se apaga en mí la sombra del destino,
mas brota de la tierra un ser divino
que forja en soledad su madrugada.
El cero es fuego, origen y semilla,
la piedra donde surge lo sagrado,
la herida que al sanar nos maravilla.
Y aunque lo muerto sangre en lo pasado,
del fondo de la nada se perfila
la fuerza de un principio inesperado.