Desde el primer instante de la condena,
del sufrimiento, nos damos cuenta
de que la única manera de alargar la libertad
es expandir el espacio de lo vivido,
de la memoria, del tiempo y
la imaginación, en la escritura que
lo engulle todo, que lo guarda
también todo.
El que escribe es un recluso ilustre;
subsiste para compartir el conocimiento,
no para amedrantar ni robar
lo ajeno:
Allí donde la vida levanta muros
la inteligencia abre una
salida.
En este tiempo maldito, corrupto y
embrutecido que nos imponen,
elijo socorrer las horas y los días a través
de lo infinito que nos queda
por vivir.
¿Quién no recuerda, en los tiempos mejores,
el descubrimiento de la memoria que se
niega sucumbir?
Todos acabaremos siendo alguien
al final de nuestros
días.