¿Quién os dijo que podríais ver por mis ojos?
¡Oh, pequeños sirvientes del engaño y del fuego!
Bienvenidos sean al inframundo sin relojes,
donde el alma arde por cada oscuro juego.
Aquí no hay máscaras que el bien disimulen,
ni farsas que al juicio puedan escapar.
Sus cartas, ya tomadas, se acumulan,
y sus destinos... los haré cantar.
Decidme, ¿cómo desean ser tratados?
¿Tal como hicieron sangrar a sus víctimas?
¿O prefieren métodos más refinados,
donde el dolor se alce en sinfonías rítmicas?
No lloren... sus llantos son música divina,
una dulce sinfonía para mis oídos.
Sus lamentos danzan como hiedra maldita,
y su arrepentimiento... será bien recibido.
Justicia, dirán... ¡déjenme mostrarla!
No como esperan los hombres mortales,
sino como la oscuridad sabe darla:
con espinas, espejos y rituales.
Mientras rasguñan muros por una salida,
más profundo se hunde su fe desgarrada.
Porque bajo mi trono...
nadie escapa.
Ni en esta vida...
ni en la nada.