Fuesen su risa,
fuesen sus manos,
fuese su hambre de saber,
o aquella rica vitalidad en suya sencillez
No pude encontrarme más segura de querer estrellarme, ya habiendo caído cautiva en su componente, certera de que es raro e irrepetible.
¿Cómo es posible que nos hayamos encontrado? Más aún: no haberlo hecho antes. Me apena admitirle que haberme enamorado de usted era una apuesta que perdería eternamente. Para mi suerte, sí: eternamente estamos pactados. Le permití que me habitase y, mientras le guardo, le preparo los más cálidos consuelos.
Usted,
mi risueñor,
mi libreta,
mi manto,
mi hombre:
Gracias a usted, benefactor, peco de alardear lo absurdo que sonaría en otras bocas que mi hombre me traicione, me negase o le pese, cuando la certeza de su cariño me alivia y custodia incondicionalmente.
Me ha dado la libertad de expresar mi ser en amplitud, sin sentir vergüenza en absoluto de aquella rareza que dicen que suelo poseer. Usted, jardinero,
me ha adoptado en sus siembras, mirándome como la más bella rosa. Y yo, tentada a verle sonreír, mis colores se acentúan al son de su latir.
Concedame reciprocidad, así mismo que paciencia,
pues no cuento con qué ofrecerle más que estos simples versos...