Aquel suspiro que enrarecido
triste, fragoso, burdo anodino...
descendió a la proa del velero
hundiéndose en lúcida esperanza.
El aire se embadurna en la niebla
palpable, que arrastra la azucena
de aquella inasible esquizofrenia,
que deshora mi acritud bergante.
Cicé, ínclita en mis ilusiones
más longevas, siendo mi soporte
en el esbozo que deja el tiempo
cual retrato que impone es de dagas...
manchadas con el huero elixir,
Cual ginebra que inmola el martini,
al correr intrépido del mar
esperando en la costa... a Cicé.
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