por mí, desde mí, para lo que fui y ya no seré...
Oh, Desilusión, vieja amiga sin invitación,
te deslizas entre mis dedos como sombra,
con pasos de seda y aliento de hielo,
cuando el alma aún cree que la luz no miente.
Viniste sin aviso,
como lo hacen los finales que no se escriben.
Me mostraste los bordes rotos
de las promesas que juraban eternidad.
¿Dónde quedaron los destellos
que imaginé en las miradas?
A veces te odio,
porque llegas como ruina tras un canto,
porque rompes con manos suaves
lo que tanto cuidé con temblor de fe.
Pero a veces,
te miro con resignación y hasta ternura,
como quien reconoce al verdugo en el espejo.
Fuiste mi maestra cruel,
mi espejo sin maquillaje,
mi silencio en la fiesta,
mi verdad bajo la alfombra del deseo.
Gracias —sí, gracias—
por arrancarme la venda,
aunque sangraran los ojos.
Gracias por enseñarme
que no todo lo que brilla es consuelo,
que hay belleza también en el desencanto.
Ahora camino sin bastón de ilusión,
sin mentiras dulces que me arrullen.
Camino más sola, más despierta,
más yo.
Y si regreso a soñar,
que sea con cicatrices abiertas,
pero nunca con los ojos cerrados.
Oh, Desilusión,
tú que rasgas, limpias y quemas,
sé que volverás.
Pero también sé que, esta vez,
ya no vendrás por sorpresa.