Si me adelanto hacia el sueño infinito,
si me reclaman sus gélidos brazos;
yo dormiré sobre el lecho marchito,
pero jamás morirán nuestros lazos.
Cuando me vistan el mármol y el hueso,
si al extrañarme en tus sueños me nombras;
sobre las alas doradas de un beso
vendré a brindar claridad a tus sombras.
Si mis pupilas perdieran su luz
bajo el sudario de tierra y de frío,
sean tus ojos un faro en mi cruz,
y resplandor en mi rumbo sombrío.
Cuando mi cuerpo de nácar y roca
deba volar a su nueva morada,
me llevaré tu sabor en la boca;
joya purpúrea, muda y lacrada.
No me recuerdes inmóvil..., inerte,
como el cadáver dormido en la urna;
piensa en mi ser que vibraba al tenerte,
mientras me hablabas con voz taciturna.
Borra el aroma mortuorio del duelo,
pues yo seré tu jardín de azucenas;
nube de nardos; gardenia en tu cielo;
suave fragancia que alivie tus penas.
Y si de pronto una nueva caricia
llega a tu vida pintando el amor,
no sientas culpa, que nadie te enjuicia,
sigue el camino sanando el dolor.