Cuanto quisiera, vida mía,
que no fueras un sueño.
Que al atardecer,
pudiera tener la certeza
de que vendrás rompiendo el horizonte para darle alcance
y rescate al suspiro de éste corazón que te busca constantemente.
Pero se apaga el sol
y con ello se esfuman los poemas,
me quedo quieta y callada.
Cual tumba que transcurrido
muchos años,
sólo contiene huesos,
siendo los claros vestigios
de lo que antes tuvo vida
Y es que...
Echo de menos tu alma.
Echo de menos tu calor.
Echo de menos las memorias
que aún no creamos juntos, pero que siento ya tan vívidas en mí.
Echo de menos los paseos
por bellos senderos para ir al campo.
Echo de menos las charlas,
donde nos contamos cómo estuvo el día de ambos.
Echo de menos tu piel
y mi piel fundidas, algunas veces, simplemente viéndolas desnudas y
entrelazadas dándose refugio y,
otras veces, estando una sobre la otra, en el vals de las olas y finalmente agotadas, después del Zenit. Como si ya se hubiesen encarnado, en otros tiempos.
Echo de menos nuestro encuentro.
Y medito tanto en ello.
Mientras, ya ha caído la noche
y camino descalza, soñándote de nuevo; tanto,
y al mismo tiempo, pidiendo con más ganas que ayer a Dios el verte;
y yo sé, sé que sólo por mi insistencia,
él, nos terminará uniendo
sin que nada ni nadie pueda evitarlo.
Por eso, aunque éste día casi termina,
y de que, otros días han pasado ya,
quiero abrazarme a la luna
y sonreírle a la oscuridad a pesar de todo.
Porque sé que los tiempos de Dios
son perfectos,
y voy a vivir, vida mía.
Por mí, para ti
y por ti, para mí.
De: Diana Janeth Reyes Diaz.
Escrito el 01/09/23
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