Aquellos días
preciosos, del pasado,
hoy son recuerdos.
Desde la niebla
del tiempo y la distancia,
siento su brisa.
Es la caricia
que llena mis sentidos
y me estremece.
Vuelven del cielo
los llantos y sonrisas
de juventud.
Porque la vida
gozaba de un encanto
del que hoy carezco.
Tiempo de esfuerzos,
estudios y trabajos,
con muchos sueños.
Pero, en el fondo,
la risa y la inocencia
eran sinceras.
Vibraba el alma,
salían los suspiros,
latía el pecho.
Y es que el amor
nacía y te embriagaba
día tras día.
Era la vida,
la voz que te acunaba,
sin darte cuenta.
Y fuiste un verso,
forjado con tus sueños
y sin palabras.
Rafael Sánchez Ortega ©
01/05/25