Ian Tejeda

El Matadero 🐑🔪

Senda arriba, tras la baldía loma, cruzando por el desolado aprisco
yace al pie de la mustia hierba; el matadero.

Esa vasta mazmorra cargada de muerte y desesperación guarda entre sus
muros la agonía de generaciones.

Sus paredes, teñidas con la sangre de los silvestres, consumen la
sanidad de los recién llegados, destinados pronto a perecer a causa
de asesinato.

Los inservibles son enviados a estercolar la tierra, para ser
devorados por su enjambre de caníbales, oriundos del estiercol.

En sus ojos, reflejos de campos verdes nunca pisados, de cielos azules
que no fueron su techo, la libertad perdida en un suspiro.

Cada bramido y balido ahogado en el aire denso, una súplica inválida a
oídos sordos.

Los cuchillos, afilados como la crueldad misma, ejecutan sin piedad,
segando vidas con precisión mecánica.

El silencio final se cierne sobre ellos, un manto de sombra que oculta
su sufrimiento, ignorado por quienes no quieren ver.

En la noche, el viento lleva sus lamentos, sus historias no contadas,
sus sueños no vividos, a aquellos que tienen algo de corazón para escuchar.

En las entrañas de cada uno se engendra una pesadumbre
lacerante que acribilla el alma al presenciar cada insignificante
e impoluta muerte de esta factoría de matanzas.

Luego de ser faenados por indolentes e impúdicas manos, es un
frigorífico su paradero, repleto de más difuntos que han sufrido
la misma condena.

Toda una mísera vida indigna, de quien es y está destinado a ser
alimento envenenado de amargura y tribulación.

Si tan solo una pizca de empatía brotase en el corazón de quienes
engullen con placer el producto de la muerte por negocio
¿sería posible convivir con el ser que de tu misma naturaleza es?
es el pensamiento que pasaba por mi mente mientras una hoja de metal
afilada cortaba mi cabeza con rapidez...