Las luces se encienden,
los actores entran.
Cada uno lleva su disfraz
ajustada al rostro con orgullo.
Hay quien sonríe sin motivo,
y quien llora con lágrimas prestadas.
Se ensayan discursos,
se fingen valores,
se disputa el centro del escenario
como si eso salvara una vida .
Detrás de la tarima ,
la verdad espera sentada,
atada de manos,
con la boca cubierta.
Nadie la escucha,
nadie la mira.
La función debe continuar.
Y cuando se apagan las luces,
el silencio es lo único real.
No hay aplausos.
Solo el eco de lo que nunca se dijo
por miedo a ser quien se es.