Antes de la existencia de algún Dios, de que los hombres pudieran concebir los conocimientos acerca del tiempo y el espacio, la tierra se encontraba desordenada y vacía; las tinieblas se encontraban en la faz del abismo gobernando todo el universo. Su inmensidad era insondable y absoluta, incomprensible para la mente humana. Aquel estado no tenía forma ni sustancia, aquella ausencia carente de todo sentido no se regía bajo ninguna ley escrita o descubierta tiempo después, era un estado de silencio y eterno espacio sin fin.
Nadie conoce su origen, tampoco el efecto que causa en el mundo desde los inicios de todo. Lo poco que se logra vislumbrar es apenas una pequeña sombra de conocimiento antiguo y prohibido de generación en generación: el vacío ha existido antes de cualquier principio, antes de cualquier dios o religión creada por los seres humanos. Va más allá de todo orden, de toda lógica. Es una condición primordial que rige antes que todo. la fuente de lo que fue y será.
De esta avasallante inexistencia surgió lo que hoy conocemos. Y aunque muchos creen que es una simple carencia de materia, su verdadero poder, su vasta oscuridad, es capaz de preñar los horrores que la limitada lógica mundana no podría explicar. Del vacío el universo surgió, pero no sin un costo. Del vacío hemos surgido, al vacío volveremos, y a su paso el terror de la infinita nada nos consumirá hasta caer en la locura más extrema.