Todos quienes visitábamos Macas
no podíamos marcharnos sin haber disfrutado
de las frescas aguas de tu río encantado,
ni de tus hermosas playas, tan cercanas.
Con mucha frecuencia tantas veces te visité,
y en tus aguas cristalinas mi mirada reflejé;
tu belleza llamaba al turista y al viajero,
al pequeño, al adulto, al propio y al forastero.
Todos disfrutaban de tus playas y tu arena,
de tu agua refrescante, transparente y serena;
bajo el ardiente sol que abrazaba la ciudad,
tus corrientes nos brindaban frescura y libertad.
En tus manantiales se reflejaba el sol,
dibujando sobre el agua su dorado resplandor;
y bajo las piedras, ocultos y juguetones,
pequeños pececillos nadaban entre corrientes.
¡Cuánta vida guardabas en tu cauce cristalino!
¡Cuántos recuerdos sembraste a lo largo del camino!
Eras encuentro, alegría, descanso y emoción,
un rincón de la naturaleza que habitaba el corazón.
Pero un día, de repente, la naturaleza te transformó,
y aquella imagen hermosa poco a poco se marchitó.
Hoy, cuando nuevamente me acerco a contemplarte,
te encuentro desolado… y me duele observarte.
Pareces un campo de batalla abandonado,
cubierto de escombros, de piedras y de barro;
quedan restos de madera, montículos y desolación,
como huellas silenciosas de una extraña rebelión.
El lodo enturbió tus aguas antes limpias y serenas,
apagando los reflejos que alegraban tus riberas;
y aquel río apacible, de transparente mirada,
se convirtió en un monstruo de furia desatada.
Ahora tus corrientes parecen amenazar
a quien, con nostalgia, se quisiera acercar;
tu fuerza desbordada parece un grito urgente,
un llamado de auxilio dirigido a nuestra gente.
Me detengo a contemplarte y me invade la tristeza,
al mirar cuánto has perdido de tu antigua belleza;
tu arremetida parece un mensaje desesperado,
un clamor de la naturaleza pidiendo ser cuidado.
Tus aguas turbias reflejan hoy la tristeza
de quienes nos enamoramos de tu antigua belleza;
de aquellos que gozábamos tus reflejos cristalinos
y compartíamos contigo tantos momentos divinos.
Ya no podemos sentarnos tranquilos en tus riberas,
ni disfrutar la brisa que acariciaba las palmeras;
ni buscar bajo tu sombra un instante de alegría,
mientras tu fresca vegetación nos protegía.
Ya no podemos mirar, sobre la copa de los árboles,
a las aves posarse entre sus verdes follajes;
ni contemplar mariposas de colores volar,
dibujando entre las flores su hermoso revolotear.
Ya no se escucha en tus playas aquella algarabía,
ni el bullicio de los chicos jugando con alegría;
se apagaron las voces que llenaban tu ribera,
y quedó solamente el silencio de la espera.
¡Me he quedado contemplándote, querido Upano!
Con tristeza en los ojos y recuerdos en las manos;
y hasta en las noches, cuando me atrevo a pasar,
siento un profundo miedo que no puedo ocultar.
Me embarga la tristeza… me dan ganas de llorar,
al ver cómo tu belleza se ha quedado atrás;
pero en lo profundo de mi corazón todavía espero
que vuelvas a ser aquel río cristalino y viajero.
Queda viva la esperanza de volver a contemplarte,
de sentarnos nuevamente en tus playas a abrazarte;
que tus aguas recuperen su transparencia y esplendor,
y que vuelvas a regalarnos alegría y amor.
¡Oh, Upano querido, río de mis recuerdos!
Que regresen a tus aguas aquellos tiempos tan bellos;
que vuelva la vida, que vuelva la esperanza,
y que tu cauce recupere su antigua confianza.
Porque quienes te amamos no queremos verte llorar,
queremos que algún día vuelvas a resplandecer y cantar;
y que Macas, orgullosa, vuelva a verte renacer,
para que todos podamos nuevamente disfrutarte y querer.
EL ERMITAÑO SOÑADOR