Como las aves
y la lumbre que no fui,
invadido por un deseo primaveral
continuaré mi viaje hacia la mar
mientras las palabras desaparecen
entre polvo y olvido.
RC
Estoy aquí,
en la sala de embarque del aeropuerto de San Salvador,
esperando un vuelo a Lima.
Me dan pánico los aviones.
Prefiero el sobrevuelo de los pájaros
sobre mi cabeza.
¿Puede un ave de metal mover esta sustancia etérea hacia el Sur,
donde ya rumian los versos
que aún no pertenecen a la memoria del mundo?
Mientras tanto,
velo el descanso
del otro que mañana seré.
Así debe ser su sueño:
despreocupado de toda travesía,
marchando lentamente
desde la piel hacia los huesos,
más allá —y más acá—
del pensamiento.
¿Para qué atormentarlo con la incertidumbre
si pronto despertará con olvido
en otra tierra?
¿Acaso necesitamos
un falso pájaro
para alzarnos?
Vagamos desde siempre
y para siempre:
incorpóreos,
imperecederos,
en la oscuridad
de los ojos cerrados del cielo,
en la muerte de una estrella
que persiste en sus destellos,
en el índice de un niño
que redibuja una estela en el aire.
Heme aquí,
alado como un pájaro-reloj
cejiazul
sobrevolando esta sala de angustia.
Pienso en lo pequeñísimos que somos
y, al mismo tiempo,
en nuestra grandeza inmaterial.
Ya se escucha el llamado de abordaje,
y mis temores abrazan con fuerza
este frágil cascarón de carne
que pronto
alzará el vuelo
aquí.
Ricardo Castillo
De: Malos poemas (2023)