Ricardo Castillo.

Después del fuego

¿Es el poema
una salvación,
o una condena,
acaso restos
de un antiguo fuego?

RC

1.

Ha dejado de interesarme
el horizonte que clausura el paisaje.
Todo destino
que no se deja abrazar.

Estoy en llamas.
Voy dejando cenizas
en este viento.

Soy polvo disperso
en los rincones
y no volveré a juntarme.
Recuerda:
aquí estuve latiendo,
exhalando vaho,
tal día.

¿Debo armarme con los residuos
a riesgo de quedar incompleto?
Eso es tarea de un Dios,
no de un simple mortal
que se quema contento en su fuego.

Me he deshecho de los relojes.
Ya no sé
contar el paso del tiempo.

Yo soy el poeta
que tejió versos oscuros
que luego quemó en su patio
y juró no volver a escribir.

Heme aquí,
buscando en los restos
el fuego que fui.

Todo se desvanece:
la carne se marchita
como la flor de avispa,
la noche cede al alba,
la lluvia calla
sobre los tejados,
tal día.

Pero mi espíritu
permanece
como fuego eterno.

2.

Soy cautivo
de un caos de palabras,
de fracasos sobrados
que nadie quiere poseer.

Cuando los arrojo
a la calle,
alguien amable
los recoge
y me los devuelve.

Sólo tengo
estas líneas
mal versadas,
donde mi espíritu
se encarna
y sufre.

Embriagado
de alcoholes interiores,
busco
escribir
el verso anhelado.

Y si ya nació,
ay,
qué tristeza:
no me satisface.

No es sencillo
ser mortal
cuando el poema
reclama su voz.

¿Aún preguntas
si soy feliz?

Nunca fui
la promesa de mañana,
nunca
la persona futura.

Pero me faltan palabras
para nombrar
lo que no pude ser.

Y lo que pude ser,
lo fui.

3.

Yo soy
el mozuelo de antaño
que decía
estos versos:

«Rastro de polvo sin nombre,
ciencia y filosofía,
horror que abraza
el sosiego,
relámpago engullido
por la noche.

Días marchitos,
flores de otoño.

Viejo marinero
sin mar ni barca,
condenado a la tierra,
al látigo del reloj
y al naufragio del sueño»
.

Entonces me invadía
la pesadumbre
de ese viejo,
sin saber
que ese viejo
era yo.

¿Recuerdas
noviembre del setenta y nueve?

Leí las crónicas
de aquellos días:
un ave caída,
masacre de santos,
el último tren
hacia Londres.

Hoy son
vagos recuerdos,
que se deshacen
como yo.

Mientras camino
en esta cinta de Moebius,
en la hora exacta
de mi nacimiento,
déjenme creer
que se salvará
del olvido
un solo verso
de mis versos.

Lo que digo hoy
lo dije siempre,
desde mi primera juventud,
antes de que Adán
me heredara su culpa.

¿Para qué quiero
el futuro
si ya lo conozco,
si ya lo cargo
como cruz
en la memoria
de mi génesis?

y 4.

La gente cree
que compartimos
la misma esperanza:

—Debes ser justo
para vivir eternamente en el cielo
y ver a Dios —me dicen.

¿Cuándo he sido injusto?
¿Cuándo he querido
alargar mi pena?

¡No quiero salvarme!
Gánense ustedes
el cielo
que tanto los tortura.

—¡Les grito!

Ah, la guerra,
qué profunda tristeza.

Me han cortado la lengua
y me obligan
a contemplar su antítesis
en la fría pantalla
del televisor.

Los hombres
no mueren de amor,
sino de miedo
y balas de fusil.

¡Qué gran fracaso!

Estoy perdido
como un mar sin orillas.
Mejor te pienso, amor.
Mejor te pienso.

No te mires
en mi espejo.
No descubras
mi tardía comprensión
ni mi pronta decepción.

Con versos de
Hojas de hierba
Canción del espacio,
yo me celebro
y me afirmo
en la paz mundial,
inalcanzable.

Vuelve, amor, vuelve.
Devuélveme
la esperanza
de tu regreso,
porque siempre dudo
y estoy cansado
de dudar.

Regresa, amor,
a esta mañana marchita
que aún guarda
nostalgias
y sueños.

Quédate en mí,
donde el horizonte
no se corta
con una navaja
para separarnos.

Quiero que sepas, amor,
que te busco
como busco
mi verso anhelado,
sabiendo
que él también
me busca.

¿Acaso
me buscas tú?

¡Allons, amada mía!
Cuando la vida
sea un sueño
y todo humo,
tocaré tu puerta,
y te abrazaré:
hasta ser uno.

Ricardo Castillo

De: Cuadernos perdidos (c.a. 2022)

Arte: Óleo en lienzo de José de Ribera: Prometeo, ca. 1630.