Voy detrás de los caminantes,
de esos que hablan bajito con el cielo
para que las nubes no se enteren.
Llevan secretos en los bolsillos,
migajas de tiempo,
pedazos de bruma.
Caminan despacio,
pero dejan huellas
hasta en el aire.
A veces parecen sombras.
Otras veces,
faroles cansados
cruzando la madrugada.
Les murmuran historias a los dioses,
historias que el silencio guarda
debajo de las piedras
y de los años.
Sus ojos miran más lejos.
Más allá del horizonte.
Más allá del miedo.
Ellos saben
que la tierra habla:
en el crujido de las hojas,
en el agua cuando danza,
en el viento que despeina
la memoria de los árboles.
Y cada paso suyo
es una pequeña oración,
un canto sencillo,
una promesa diminuta
que sostiene el tiempo
para que el mundo no se caiga.
Yo persigo el secreto que llevan.
Pero no lo busco en libros,
ni en mapas,
ni en palabras importantes.
Lo busco
en los susurros del alma errante,
en esa luz que a veces se escapa del mundo,
en las verdades pequeñas
que flotan despacio
como hojas al viento.