Estaba tan solo, tan frío, tan callado.
Ahora sé lo que se siente morir,
pues fue agonizante la ausencia de amor:
se desvaneció lo poco que quedaba de mí.
Hacía mucho frío,
pero ni una flor había en mi tumba.
¿Dónde estabas tú, que decías amarme?
¿Dónde estabas tú, que decías ser mi amigo?
Nunca nadie llegó a tocarme el hombro
ni a consolarme.
Estaba totalmente íngrimo,
mientras me tomaba del cabello,
lloriqueando como un bebé.
Falsa melodía quemante
de pájaros que no estaban.
¿Quién vigilaba entonces mis pecados?
He experimentado el abandono,
y la muerte tal vez fue un simple sueño
o un adelanto de mi muy mal final.
Ojalá que el día en que ya no escriba
y mis ojos se cierren,
me dejes un par de flores
y platiques conmigo.
Ojalá que cuando mueras,
me abraces y entremos al cielo.
Mas te mentiré
y te dejaré en la entrada del paraíso,
pues nunca fui creyente.
Soy hereje.
Pero si existe un paraíso,
me alegraré en las llamas
por el pecado mayor:
no por negar al Mesías,
sino por ser libre.