Quiero recordarte, mi dulce princesa,
que no me enamoré de ti por tu belleza.
Me enamoré porque temes a Dios;
Él te hace brillar de pies a cabeza.
Él es tu fuerza, tu más preciado tesoro,
tu fuerte escudo y también tu socorro.
Él te vuelve una mujer más colorida,
un ángel enviado para alegrar mi vida.
¿Quién no volvería a enamorar,
si un ser como tú es tan difícil de encontrar?
¿Quién no se volvería sentimental,
si en tu interior habita una luz fenomenal?..
Con solo besar tus labios rojos,
me haces aullar igual que los lobos.
Y el día que cuentes la arena del mar,
ese día, mi amor, te dejaré de amar.