Amor,
piel de mi piel,
ansío verte pronto, como bien lo sabes.
Es que son estas agudas agitaciones, aquí,
en lo más recóndito.
En el filo vulnerable de mi alma
y en cada una de mis fibras sin forma,
las que me atosigan, las que exigen por ti.
Necesito y ¡cuánto!
Del veneno curativo
que sólo habita en la intimidad de tus brazos
—en su sótano—.
Del sexo prematuro en tu mirada al reencontrarnos,
de tu esencia, para oler a ti y así,
poder sobrellevar esta desavenencia.
Más que nunca me gustaría que fuéramos como siempre.
Como solía ser, en aquellas horas desveladas y desnudas,
cuando fraguabas nuestros cuerpos en caliente,
hasta que no quedaban indicios, ni de ti ni de mí.
Nada en absoluto.
Ni rastros del racimo de tus muslos.
Ni tus huellas en mi pecho desabrido.
Siquiera cenizas en nuestras palmas contagiadas.
Nada en absoluto.
Después de pasar por la muela mezquina…
de tu pasión devorante.
Devorante.