Viaja mi alma, de tanto en tanto,
de los palmos de mi mano no extendida.
Con los clavos de su cruz, la faz rendida,
los ojos en su propia herida;
ojos trémulos que la paz desvía.
El alma se ha hecho carne, señora mía,
pues la fe por incauta fe es al fin vencida.
No es montaña en mi mirada, sino atuendos
de gendarmes, de capuchas en el ego de su propia idolatría.
Mi alma vaga sin su ser, en letargos y extraños señoríos.
Señora… sin augurios, ni promesas de mi amor a su ventana,
sin la rosa o el clavel, que puestos en su mesa,
un mantel de corazones a bien serían.
No hay razón en las razones de mi amor que se dispensan
y no hallan ni prebenda, liviandad o ligereza.
¿Dispensa usted de esta sobriedad?
Mi amor, señora mía, no es remesa de cafetín
ni falsa red que va tejiendo su promesa,
que se vende en el bazar de pedrerías.
Señora mía, ¿usted qué haría?
Mi alma sufre, gime y llora…
y mi carne la atraviesa un puñal de punta roma.
Se va la vida, se agota entre gotas
que se multiplican en la \"docta vida\".
Las líneas que le escribo tienen la suave nota
de los versos que van perdiendo hasta sus rimas.
Tal como va entregando el árbol de la encina,
al ruido del viento, lo esencial y lo sutil de su bellota,
viaja mi alma en soledad, saltando caños,
escalando en falso amor hechos de vida,
leves peldaños que bifurcan lo empinado de la cima.
\"La docta vida\"… ¿el extraño espiral
en que mi alma se ha hecho carne y no le notas?
Se va la vida…
…se agota, ¡señora mía!
y apenas para usted dejo esta nota.
Racsonando Ando (Oscar Arley Noreña Rìos)