Syol *

FESTIVAL

Desayuné apresurado entre los preparativos del día. Esa mañana el sol iluminaba el comedor, poblado por el sonido de la vajilla y el parloteo del loro. Agitado por el ir y venir del pasillo, el ave impulsaba con furia el suspendido anillo. Mi perro Duque parecía interrogar con ahogados ladridos la exaltación de mis hermanos. Hurgaban entre sus cosas por algún libro, sus trajes de baño y lociones para el sol. Luego era cuestión de esperar aquel automóvil que parecía salido de una película de la postguerra nazi. En él nos acomodábamos mis tres hermanos, mis padres, el perro y el loro, para irnos a visitar a los abuelos, y pasar un día en el campo. A la salida del pueblo, el puente de hierro dejaba ver la quieta franja del río. El viento del camino atravesaba las ventanillas del auto, arremolinando el espeso pelaje de Duque. La fuerte corriente obligaba a los adultos a mantener una conversación a los gritos. Mezclado al rancio plumaje del loro, circulaba en el añejo interior del auto un leve aroma a gasolina. Luego de cuarenta minutos de viaje, zarandeados por el pobre asfalto del camino, llegamos al pie de aquella loma. A un lado de la carretera asomaba la huerta y más allá el sosegado curso del río. Delante de mí avanzaba nuestra menuda caravana. El aire batía los largos cabellos de mi madre, que junto a mi padre y el chofer, portaba las provisiones y algo de ropa. Con los brazos extendidos, daba vueltas de alegría por el fin de aquel atropellado viaje. Corriendo alcancé la cima de la loma, y allí rodeada de árboles frutales estaba la casa de los abuelos. Ya atravesaba el umbral cuando la abuela salió a mi encuentro. Sonreí abrazando su figura firme, curtida por las labores del campo. Mirarla a ella era advertir el porte y temple heredado por mi madre. El salón reunía a los presentes, en aquella plática trivial que suele anteceder a los temas relevantes. Mi madre, arrellanada en un largo sillón que hacía las veces de sofá. Sobre sus hombros descansaba el brazo velludo de mi padre, apoyado en el austero respaldo. Mi padre era un hombre corpulento y algunos años mayor que mi madre. Tenía ya el pelo blanco y escaso, pero siempre me dio la impresión de conservar la vitalidad necesaria para hacer feliz a cualquier mujer. Cercano a ellos conversaba Felipe, el chofer de aquel antiquísimo auto. Felipe era un gran amigo de la familia, de porte reposado y expresión afable. Ya mayor mantenía sin embargo el cabello oscuro y abundante, que le otorgaba cierta jovialidad. Todos en especial mi madre, admiraban al anfitrión de aquella reunión familiar. Desde una mecedora, el abuelo escuchaba atentamente a sus interlocutores con la serenidad y compasión de un sabio. Siempre tenía la frase justa para sostener una conversación. Nunca he de hallar en la faz de la tierra un tipo como mi abuelo. Era de tez dorada por la huella del duro sol de la tierra. Gallardo aún a sus años, de mirada firme y mandíbulas fuertes como sus manos de labriego.  Su nombre de pila era Miguel Ángel, pero la abuela y los más allegados a la familia le llamaban Angelín. Desde el salón comedor resonaba la risa de mis hermanos, impulsando aquel péndulo que portaba largos bancos encontrados. Abuela Ana los contemplaba con la mansedumbre propia de las abuelas. Dejando atrás la algarabía de los hermanos crucé la puerta trasera. A escasos pasos de la casa y a la par de la enladrillada pared se alzaba un amplio depósito. En  él se almacenaba el agua de lluvia y la de un pozo cercano a la loma. Me encaminé por aquel trillo que a unas ciento veinte varas se internaba en una tupida arboleda. Nunca había caminado aquel sendero. El viento doblaba las silvestres margaritas bajo el desplazado vuelo de las mariposas. Mezclado al chasquido de las ramas, resaltaba el traqueteo de las secas vainas. Tironeado por los morados frutos de un almendro  me detuve. Girando sobre mis talones me hice de un junco para desprender las almendras. Ni a saltos con la improvisada vara, ni lanzando una lluvia de piedras logré tocar los frutos. Como último recurso me aventuré a trepar el árbol. Alcanzar la premiada rama era una tarea difícil dada a la altura del tronco. Tuve que quitarme los zapatos para no resbalar sobre los pulidos nudos de la madera. Tras un forzoso ascenso logré abrazar el hombro de la rama. Ahora tocaba desplazarme hacia el extremo. A tientas sobre el fino tramo, creí prudente despojar los frutos con un leve sacudón. A mis pies,  un verde abismo de hierba se agitaba con el viento. Pensar en la posibilidad de caer y resbalar fué todo uno.
 
 
Desperté sobresaltado en la quietud de aquella casa. El naranja del cielo asomaba tras la puerta, y una curiosa gallina gorjeaba al pasar. Descubrí un firme vendaje sobre la rodilla izquierda. Un rastro de sangre se transparentaba bajo la blanca gasa. No sabía cómo ni dónde había sufrido aquella lesión. Me incorporé al escuchar que alguien se acercaba a la sala. Era una señora ya entrada en años, delgada. Su pelo ralo y gris lucía recogido en una cebolla. Vestía un traje de casa largo y holgado. Secándose ambas manos en el blanco delantal, dijo sonriente:—Decidí no alarmar a tus abuelos. Mi esposo insistió en avisar, pero yo le sugerí traerte a resguardo, limpiar el desgarrón de la rodilla y dejarte descansar. —Entonces… —murmuré, recobrando un desfile de imágenes. —Regresando a casa te hallamos tirado bajo el almendro —dijo, ladeando la cabeza en tono lastimero. —Si mi madre llegara a saber esto, me castigaría con una buena zurra. Justo en ese instante asomó la desgarbada figura del esposo. Con los ojillos fijos en mi atribulado rostro, continuaba fumando su diminuta pipa. Cargaba un singular perrillo que, a su vez, me escudriñaba emitiendo ahogados chillidos. La imagen del animalito logró serenarme un poco, arrancándome una sonrisa. La dulce mujer se volvió a su esposo:—Ahora ya puedes ir y avisarle a Ana.Dirigiéndome una compasiva mirada, alcanzó a decirme:—Me temo que Ofelia aparecerá de un momento a otro por esa puerta, pero descuida, no permitiré que te haga cosa alguna en mi presencia. Yo sabía que la buena voluntad de aquella señora no me iba a exonerar de la zurra. Por un instante deseé que la tierra se abriera y me tragara. Pensé huir en ese momento. Lo hacía siempre que mi madre doblaba el cinturón con el que nos propinaba aquellas palizas. Me puse de pie. La tirantez del vendaje denotaba una inminente inflamación. Casi alcanzaba la puerta cuando escuché los claros acordes de una guitarra. Perplejo, me volví hacia el rostro de aquella dama. —Ese es mi hijo —dijo con incondicional orgullo—. Suele tocar su guitarra cuando llega del pueblo. Algo inexplicable me liberó de la sombra de mi madre. Le pedí a la señora que me llevara donde su hijo; además de escuchar la guitarra, aquello ayudaría a apaciguarle los ánimos a mi madre.
 
 
 
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guitarra que, a merced del tiempo, permanecía colgada en la pared de uno de los salones de la casa. Con la intención de aprender lectura musical, me acerqué a aquella institución de estructura colonial, punto de encuentro de buena parte del arte local. Tenía entonces doce años y comenzaba a preguntarme por mi futuro: si continuar mis estudios fuera del pueblo o quedarme un tiempo más. Pensar en ello implicaba aceptar que, tarde o temprano, tendría que dejar atrás los veranos interminables en el caserón de la playa, donde mis padres habían construido su silenciosa complicidad. Al terminar las clases de la escuela, solía asistir a los ensayos que, por las noches, tenían lugar en la antigua casa cultural. Atravesando uno de los tres portones, me vi ante el añoso lunetario. El decadente sol tras los vitrales filtraba tenues colores en la estancia. A paso sigiloso busqué la última hilera de butacas. Una atrayente introducción vocal llenaba la acústica del auditorio, cuando advertí que el maestro, alzaba la mano  en clara señal de silencio. - \"¡ chicos,  esas primeras notas requieren toda la fuerza que sean capaces de dar. !\" - profirió a voz tajante desde un delantero extremo del lunetario.  Aquel era un hombrecillo de mediana edad y reposada estampa. La línea del peinado, le dividía a un lado el cabello abundante y rojizo, que fijaba con vaselina gruesa. Tras sus lentes de botella, los pardos ojillos reflejaban una evidente miopia.  A guitarra,  flauta y algo de percusión, tres aficionados músicos acompañaban las voces de aquellas cuatro chicas. A fuerza de verme en los ensayos y conocer mi inclinación por la música, me animaron a ingresar al grupo. Ya estaban necesitando  una guitarra acompañante, de modo que el mismo profesor vio con buenos ojos la propuesta de los chicos. Un cálido día de junio del año setenta y ocho, el maestro recibió una invitación para participar en un festival mundial que se organizaba en la capital. Era mediados de julio cuando arribamos a la gran urbe. La ciudad había colgado logos en las vallas lumínicas, las plazas, y en las vidrieras de tiendas y teatros. Un ataviado ómnibus nos trasladó a los suburbios. Soleada, entre pálidos edificios y parques de juego, asomó tras los cristales del ómnibus aquella localidad, curiosamente dispuesta para niños y jóvenes. Nos alojaron en feudos de blancos campamentos, donde un ala de la brisa  delataba  al mar,  distante y silencioso.     
                            
Doraba el sol la nueva mañana cuando un afable guía, se personó a las puertas del campamento. Tras desayunar como gorriones salimos a la angosta calle. Un remolino de niños salpicaba el aire con risa y jergas extrañas. La enardecida marcha culminó en una solemne plaza, donde los altavoces anunciaban, la gran apertura del XI festival mundial de la juventud y los estudiantes. Desafiando el inclemente sol del mediodía, ofrecimos múltiples funciones en plazas y anfiteatros. 
 
 
El primer espectáculo nocturno tuvo lugar  en un vetusto edificio, que a primera vista semejaba a un castillo medieval. Esbeltas palmeras bordeaban la espiral de aquel pasaje angosto, que justo en la cima conectaba el iluminado portón. Ya cruzábamos el umbral, cuando un tropel de niños se nos vino encima. Durante el trayecto al salón, un desfile de manos regordetas tiraba fastidiosamente la cinta de mi guitarra. Tras acometer la pesada broma, aquellas manos regresaban hábilmente a la inquietante turba, sin exponer rostro alguno al que dirigir una furibunda mirada.
                      
De pie tras el telón, nos asaltó aquel chorro de luz que bañó la tarima. La noche de agosto perlaba los rostros, que enrojecían ante la euforia de los allí presentes. El galón rematado en las orillas del poncho, centelleaba a duelo con las pulimentadas curvas de la guitarra. Entre gritos y aplausos, rodaron los primeros acordes. Un foco escarlata escoltó a la solista al centro del tablado. La entrega vocal fué floreciendo a ensamble de cuerdas, flauta y percusión. Depurados arpegios bordaban el ronco repiqueteo de la percusión, elevando aquella fusión que conquistó la sala. Más allá del balcón, entre parques plagados de luna, un viento melódico peinaba las medusas palmeras del camino. 
                    
Al filo de la media noche nos llovió el aplauso del último tema. En la gradual retirada del público, una chica de aspecto vampiresco atravesó las cortinas, extendiéndome un trozo de papel. Un subrayado nombre de mujer y un número telefónico, conformaba el escueto mensaje. Al volver la mirada a la enigmática emisaria, ésta había desaparecido sin mediar palabra, ni  aguardar por mi respuesta
 
Me apresuré a buscarla por el sombrío corredor. Su andar flotaba como un espectro la inquietante penumbra. No demoró en descubrir que le seguía. Escudriñó el trayecto que antes le guiara al acortinado camerino. Ya reanudaba la marcha cuando, le ví volver el huesudo rostro. Sentí su mirada glauca helándome los huesos. Respiró con desdén al descubrir mi presencia, y girando sobre sus pasos retomó el silencioso rumbo. Pronto alcanzamos aquella desmerecida terraza, donde un grupo de chicos charlaba escandalosamente. Elevando un pálido índice señaló a una chica, que de espaldas al jolgorio de sus contertulios, contemplaba la noche desde un extremo del barandal. Próximo a la luz de la terraza, ésta se volvió serenamente. Una oscura melena le regaba los hombros, desnudos  sobre el vuelo superior de la blusa. En la  palidez de su rostro destacaban los castaños ojos,  fijos en los míos. - \" No esperaba verle esta noche y sin embargo, ha corrido a mi encuentro. \" - murmuró dulcemente, y al sur de la perfilada nariz los voluptuosos labios, reptaron el silente júbilo del cazador ante la presa lograda. Yo atiné sonreír con la fugacidad de un relámpago, ella extendió su mano de escarcha, y con voz quieta pronunció su nombre: -  \"Patricia\". - Al instante recordé el dibujo de su caligrafía. Elevé la mirada sin saber qué agregar, y cuando ya estaba a punto de escapar me apretó la mano. - \" Espero no haya tomado a mal mi atrevimiento. Ciertamente quería darle las gracias por lo que acaba de hacer esta noche. \" - Aquél, era un marcado entusiasmo que advertí descender a la pena.  - \" ya habrá notado que no está precisamente en los salones de un hotel \" - dijo lanzando una triste mirada al derredor. Consultó el diminuto reloj pulsera, y murmurando una inaudible queja se alejó de mí. Perplejo, la ví volverse un par de veces regalando su sonrisa clara.  El eco de sus pasos pareció devolverla presurosa, a una pareja de mediana edad, que de brazos abiertos le aguardaba al fondo del pasillo. 
 
Esa noche  Patricia,  despejó mis dudas  sobre su estancia en aquel lugar. Dejó claro que no recibía  cuidados de salud,  y que  estaba allí porque sus padres prestaban servicios médicos, en aquella institución para niños con sobrepeso y diabetes. A punto de dormir, repasé aquella mirada de Patricia, perdiéndose en la lobreguez del pasillo. 
                          
 
Nos dimos cita al día siguiente. Junto al aroma de la hierba recien cortada, se arremolinaban las hojas caídas de los árboles. Atrás quedaba la pálida ciudadela de campamentos, tendida como una gran osamenta sobre el verde absoluto de aquel prado. A escasos pasos del acantilado, Patricia señaló el rumbo de una golondrina, que tras precipitarse curiosa, se devolvió cual saeta al depurado azúl del cielo. Entre risas que luego se apagaban sin remedio, compartimos todo lo que nos llevó a juntarnos en aquella terraza. Un rotundo silencio nos acorraló en un juego de miradas. Patricia arrimó su dedo índice a la comisura de mis labios, y tras dibujar una caricia en ellos me besó. Movida por algún repentino pudor retrocedió tres pasos, y girándose de espaldas dijo en tono de queja: - \" El festival terminará en cuestión de días. \" - \" Lo sé, \" - respondí resignado. - \" eventualmente partiré a finales del verano. \" - Aún no terminaba la frase cuando le ví volverse con imperioso gesto. Su rostro se tornó severo. - \" ¿Qué pasará con nosotros ?. \" - Sin saber qué responder, bajé la mirada a la rala hierba del camino. Mi puntera barría con desgana, las hojas secas que cubrían aquella pulida roca, que no alcancé desvelar.  - \" ¿ Qué pasará con nosotros ?. \" - increpó sacudiéndome el hombro. Alzando la mirada noté que su rostro adquiría un repentino brillo. - \" ¡ Huyamos juntos - me dijo - antes que acabe el festival. \" - Temiendo matar su entusiasmo, negué repetidas veces, y sin darle tiempo a reaccionar traté de hacerle entender:  - \" Sería una absoluta locura. Nos buscarían como a legítimos prófugos, para luego devolvernos al castigo de nuestros padres. Me halaga tu propuesta pero...\" - \" ¿ pero qué ?, - adelantó visiblemente molesta. - ¿ a caso no me quieres lo suficiente como para llevarme contigo? \" - \" no seas tonta, - le dije - te quise desde el primer instante en que te vi. \" - y con un hilo de voz agregué, - \"  Hacer lo que me pides implicaría mas una trajedia que la felicidad soñada. Y a esta edad,.. ¿ crees prudente enfrentar algo tan serio ?. \" - Aparté de su rostro aquel mechón de cabello, que el viento insistía en desordenar. - \"Entonces no habrá nada que hacer. \" - dijo encogiéndose de hombros. - \" Acabará el verano y con él, los días del festival. Solo me quedará abrazar lo que ya no alberga esperanzas. \" - Disimulando el asomo de una lágrima, remontó la mirada a un rebuscado ramo de nubes blancas. La estreché en un largo y callado abrazo. Entre el plañir de la hierba y el chasquido de las ramas imposibles, serpenteaban los cabellos en el viento. Con las últimas luces del crepúsculo, caminamos abrazados por el vasto sendero de flores, buscando el aire prófugo del mar.
 
Agosto deshojaba dulces días de música y felicidad, una esquiva felicidad a la que nos aferramos ilusamente, sin reparar en las horas que restaban a mi viaje. Aquella última tarde en La Habana, abandoné el campamento con la fija esperanza de encontrarme con Patricia. El sol se despeñaba tras el mar iluminado, y el sendero de flores que nos viera cruzar cada tarde, parecía empeñado en negar su presencia. Bajo un puñado de tempranas estrellas, moría otra ronda en el reloj.  Cansado de esperar, me tumbé sobre la hierba. La luna cubría de plata sus lenguas de esmeralda, cuando una zarpa de viento embravecido, tiró de mi bolsillo aquel mascado pliego que Patricia me hiciera llegar la noche que nos conocimos. Sobrevolando la batiente orilla, amenazó precipitarse sobre las crestas del agua. Éstas ya se disputaban el placer de derribarle, cuando en un sorpresivo giro se elevó mar adentro. El zigzagueante vuelo acuñaba la férrea voluntad de un sobreviviente, negado a entregar su último aliento. Desarmado, recordé todo cuanto le había dicho a Patricia, la tarde que me propuso lo de la fuga. Sabía que mis palabras debieron haberla herido tanto como para ignorar que estaba allí por ella. Comprendí entonces que aquel nuevo intento de verla había dejado de ser una posibilidad. Miré a lo lejos la diminuta seña del pliego, girando hasta desaparecer, llevándose el emborronado trazo de la ilusión.