Tú sigues siendo
el eco que permanece en mis manos,
como si el aire todavía conservara
la forma de tu cuerpo.
Eres la brisa
que golpea lentamente los vitrales de mi noche,
la sombra tibia
que entra sin pedir permiso
cuando todo se vuelve silencio.
Tú sigues siendo el refugio
donde mis tristezas descansan,
la tierra húmeda
donde aún germinan
los esquejes rotos de mi alma.
Eres también el faro.
La luz obstinada
que insiste en llamarme
desde el borde más oscuro del mundo.
Y yo,
náufrago de tantas tormentas,
continúo regresando hacia ti.
Tú sigues siendo el cauce
por donde descienden mis recuerdos,
el océano profundo
donde navegan mis sueños
como barcos encendidos
que no aprendieron jamás a perderse.
Porque incluso ahora,
cuando el tiempo levanta muros
y la noche endurece las ciudades,
tu nombre sigue ardiendo dentro de mí
como una lámpara secreta
alimentada por el mar.