Alberto Escobar

Zombis

 

Para mirar 
hay 
que saber arder. 

—Guadalupe Grande. 

 

 

Arde.
La lava está ardiendo,
el hígado resiste la envestida, 
el alcohol va corriendo
como un vehículo hacia un semáforo
que necesariamente acabará en rojo. 
La música no cesa, el pulso 
de los altavoces frenético,
desenfrenado, y las risas al compás
de las canciones, ritmos en voga,
repetidos hasta el hastío en radios
y televisores. 
Todo arde. 
Los estómagos confundidos
en la mezcla de cenas y copas
y el alcohol entrando a saco,
como sunami en Fukushima,
devorando proteínas, lípidos 
carbohidratos y demás nutrientes.
Todo arde y yo, a distancia del fuego, 
observo la mentecatez de más de uno, 
me voy decepcionando a pasos agigantados
de mi condición de varón —voy apostatando—.
Contemplo con una amalgama en el corazón
compuesta a partes iguales de lástima
y rabia cómo se arrastraban por la pista incordiando 
a toda falda que se le ponía a tiro, 
soltando cual improperio más lamentable 
que el anterior y yo, buscando diversión,
le solté una gracia a uno y me contestó
hasta el punto de querer mi amistad.
Me fui de su inmediación como alma que lleva
el diablo y me subí a uno de los estrados
para asegurarme mi libertad respecto de él. 
Me respondío con unas palabras que ahora, 
recordando, no alcanzo a reproducir,
así eran de ininteligibles, balbuceando 
como no balbucea ya un bebé de pocos meses, 
con el cerebro cerrado por vacaciones.
Eran —digo eran porque por desgracia no era
el único— los zombis del \"Thriller\" de M.J.