José Luis Barrientos León

Eran los treinta sin ventura

 

Eran mis tiempos de treintañero

reprochando al invierno su llegada

recriminando al verano su partida

como si viviera a la orilla de la nada

me deslumbraba el amor que no esperaba.

 

Insensato apocalipsis de mi ser

imaginaba el despertar con los parpados sellados

para recurrir al murmullo del silencio

en lugar de gritar mis propios versos

 

Era un pobre finado del ahora

acumulando rencor a mis espaldas

como testamento del ayer entre vacíos

que encontraban perfección en la mentira

ofreciendo caricias y ternuras

cuando la piel imperturbable se exfoliaba

no había causas de dolor ni de alegrías

solo la desnudez en su lapida fría

 

No se es feliz en la treintena

cuando se escriben cartas a difuntos

y las manos estériles niegan tu nombre

confundiendo la noche y la mañana

entre sabanas mortuorias sin abrigo

despertando constreñido y sin latidos

 apuntalando un muro de cenizas

junto al sofá que está en la alcoba

 

Eran mis tiempos de oídos sordos

aceptando el privilegio de mi sexo

como tallo vacilante en la ventisca

asintiendo con la cabeza la partida

de la hora crucial en que decía

el amor llegara si estoy con vida

 

Sin tañer de campanas ni algarabía

treinta años después llego la dicha

de encontrar mi realidad sobre mis canas

encontrando perfección en la aventura

de alcanzar el amor entre viejeras

comprendiendo la caricia y la ternura

que se entrega en libertad bajo la luna