Soponcio

El Accidente

Todo ocurrió, como casi siempre, en un instante. Un instante inapreciable, inaprensible; un momento donde no existen segundas oportunidades, un instante donde todo ocurre y ya está. Corrían mediados de los años sesenta, íbamos mi padre y yo subidos en una vespa que teníamos, regresábamos de un paseo por el monte, en una mañana de domingo ya bien entrada la primavera. La vespa que conducía mi padre, y yo bien agarrado a un asa que llevaba el asiento que compartíamos, empezamos a subir una cuesta, era un puente que nos acercaba a la ciudad y por el que por debajo pasaban los trenes que iban y venían de Madrid; al subir la cuesta empezó a soplar un fuerte  viento a ráfagas que hizo tambalear al vehículo, pero mi padre lo controlo, mas empezando la bajada cuando estábamos en lo más alto del puente un golpe muy fuerte de viento hizo que la vespa empezara hacer eses, como un borracho de vuelta a casa, sin que la pudiera controlar esta vez. ¡Me asuste y grite: Papi!, Papi!, él no me contesto, apenas si dio tiempo, caímos al negro suelo arrastrándonos por el asfalto hasta que se detuvieron nuestros cuerpos y la vespa en el suelo cerca del borde del puente.

Es todo tan rápido que no piensas en nada, solo se enciende una alarma dentro de ti, en tu cabeza y tienes miedo, mucho miedo. Cuando caímos, yo salí un poco disparado para un lado y ya no pude ver a mi padre hasta que conseguí incorporarme, no me di cuenta de mis heridas que no eran mucho, solo vi a mi padre en la carretera tumbado con un gran charco de sangre alrededor de su cabeza, inmóvil. ¡Creí que estaba muerto y empecé a saltar en mitad de la carretera llorando y gritando Papa!, ¡Papa! No sabía bien donde estaba, tenía apenas seis o siete años y mi padre cuarenta, no sabía que estaba en mitad de la carretera saltando y moviendo los brazos y que me podían atropellar los coches que pasaban a mi lado. De pronto se pararon varios coches y unos hombres me cogieron y otros fueron a por mi padre, creo que también pararon el tráfico, eran varios coches que creo iban juntos y nos socorrieron. Me decían no llores, cálmate mientras me llevaban en brazos, entonces vi como levantaban la cabeza de mi padre del charco de sangre y mi padre se movió, pase de la oscuridad a la luz, también en un instante y me hicieron que tomara un trago de vino al introducirme en uno de los coches, seguía muy nervioso y miraba a través de los cristales del coche lo que ocurría con mi padre, al ver que mi padre se incorporaba con la ayuda de los hombres me tranquilice, esto y las palabras de consuelo de mis rescatadores me hicieron salir del horror en el que estaba mi mente, en ese dolor de silencio que espera. Después subieron a mí padre en otro coche y un hombre aparto la vespa de la carretera, nos llevaron a cada uno en un coche en dirección a la Residencia Sanitaria tocando el pito y sacando pañuelos. Conmigo se portaron muy bien y solo me decían palabras de consuelo hasta llegar a la Residencia Sanitaria donde me dejaron y también a mi padre, allí nos volvieron a separar y a mí me curaron unas enfermeras muy amables. El tiempo parecía que se había detenido desde el accidente y mi cabeza estaba como en el limbo, no recuerdo el tiempo que estuve en la Residencia. Después de curarme las heridas con mercromina las rodillas me seguían doliendo al caminar pero me aguante y no dije nada; tuve que esperar sentado y luego me dijeron que mi padre estaba bien y que se tenía que quedar más tiempo pero que yo me podía ir, me preguntaron que donde vivía y se lo dije, les dije que vivía cerca de la Residencia Sanitaria, entonces una enfermera me dijo que podía irme a casa despacio y que le dijese a mi madre que no se asustara, que nos habíamos caído con la moto y que mi padre estaba bien, pero se tenía que quedar en observación y que podía ir a verlo, antes de dejarme ir pude ver a mi padre que tenía unas grapas en la cabeza y le habían limpiado la sangre, me dijo que estaba bien pero en el habla parece que le note como si balbucease. Sali de la Residencia Sanitaria y me sentí solo y extraño caminaba despacio como con temor, aunque también por culpa de las heridas en las rodillas, iba repitiendo las palabras que me dijo la enfermera en mi mente hasta que llegué a casa. Llame a la puerta y al abrirme la puerta, todos estaban mirándome y les dije que no se asustaran y mi madre dio un grito que no olvidare y se fue corriendo hacia la Residencia.