Santiago Parra

Carta del alterego

En esa vasta oscuridad, la sombra de ese pobre hombre se levantó. A lo lejos vio todo lo sucedido; mientras aquella colilla se quemaba, decidió no hablar y simplemente, con la sangre derramada, desaparecer para nunca más volver...

 

Sin embargo, el joven poeta volvió a iniciar su historia, como si aquella noche se hubiese borrado de su cabeza, como si jamás hubiera existido aquella sombra que vio desaparecer. Al final, volvió a ser aquel niño que entrega su corazón como si fuera un dulce.

 

Empezó a temerle a la oscuridad y a la soledad. En sus pesadillas aparecía aquel hombre que pensó haber destruido y olvidado.

 

Sin embargo, ese hombre soy yo; aquel alter ego que no deja de perseguirte aunque lo ignores, y esas pesadillas son mi realidad.

 

Aquella voz que susurra en tu oído: “No temas, soy yo”. Y ese niño que entregas cuando estás en compañía es solamente una idea errónea de lo que deseas. Es momento de despertar y volver a tu realidad: abraza la soledad y la oscuridad, besa la melancólica noche y fóllate el frío inmensurable de tu alma vacía. Jamás me mataste; simplemente me ocultas por temor a sentir ese placer inmensurable y caer en las garras de la noche.

 

Ahora date cuenta de quién perdió el control y de la realidad que encontró. Se terminó aquel tren desbocado que no quería descarrilarse; llegó al final de su ruta y destruyó tu sueño.

 

Abraza la realidad. Contempla, por obligación, el frío de la soledad y la oscuridad infinita que puede provocar en un niño el temor hacia ella. Porque al final nunca huiste de la oscuridad; huiste de aquello en lo que podías convertirte dentro de ella.