LA SENDA DEL SILENCIO
Camina, corazón sangrando,
viajero incansable del ocaso.
Su alma, palpitar de días,
le traza líneas al poniente raso.
Escribe primaveras lánguidas
y viste trajes de inviernos ásperos.
Ojos lacerados por el viento,
piel curtida y sus penas encriptadas
en panfletos.
Manos temblorosas que atesoran
el moho blanquecino de sus dudas.
En su boca, un cigarrillo para ahogar
su álbum de recuerdos.
Viaja en comidillas de los lienzos
para desmadejarle al día
la palabra proletaria de los deudos.
Por esa senda de caminos polvorientos,
y con las mismas piedras
que le arrastra el tiempo.
Por la misma senda, a paso lento,
con la guitarra desmayada de su pueblo,
en tonadas bajas, diatribas silentes.
Y por la misma senda se cruzan,
imperceptibles, las palabras,
los cuadros, los espejos;
los suspiros y lamentos.
Por esa senda donde se cuece
el barro alfarero magro,
viaja el transmutado rostro
del hermano.
Es un aventurero, docto o potentado;
pendenciero, crápula enamorado
y hasta suicida que se bebe a tragos
el néctar amargo de sus deudos.
Por esa senda de brazos lóbregos,
con ojos mustios, de fuegos fatuos,
con terror y pensamientos lánguidos…
en largas y prolongadas filas,
marchamos al funeral de los silencios.
Racsonando Ando / Oscar Arley Noreña Ríos.
Camina el corazón, siempre sangrando, viajero incansable del ocaso; su alma es un palpitar de tantos días, trazando líneas al poniente raso. Escribe primaveras que son lánguidas y viste trajes de inviernos ásperos.
Ojos que están lacerados por el viento, piel de ceniza y penas en panfletos; manos que hoy atesoran en su duda el moho blanquecino del silencio. En su boca, un cigarro que consume un viejo álbum de recuerdos.
Por esa senda de caminos polvorientos, con las mismas piedras que le arrastra el tiempo, por esa senda, a paso muy lento, con la guitarra desmayada de su pueblo. En tonadas bajas, diatribas silentes, marchamos todos... al funeral de los silencios.
Viaja el rostro transmutado del hermano: el aventurero, el crápula, el potentado; hasta el suicida que se bebe, trago a trago, el néctar amargo que la vida le ha dejado.
Por esa senda de brazos tan lóbregos, con ojos mustios, de fuegos fatuos, con el terror y el pensamiento lánguido, la fila se alarga... bajo un cielo opaco.
En largas y prolongadas filas, marchamos todos... al funeral de los silencios. Al funeral... de los silencios.