Luis 091

De poesía, ridículos y areneros de gato

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No hay nada más redundante e indigesto
que la poesía que habla de poesía,
como no soporto a quienes hacen que te escuchan,
pero en realidad es solo la alfombra necesaria
para su apoteósica entrada en escena
en su papel de protagonistas principales.

Dos factores desnudan,
arrancando de un inmisericorde tirón
hasta la ropa más interior
(esa que está incluso por debajo de las bragas
y los slips masculinos) a las personas:
el miedo al ridículo y que descubran
toda la verdad sobre nosotros.

Por eso felicito
a los poetas que aun siendo malos con ganas
asesinan mariposas, desintegran lunas,
incendian primaveras o torturan al personal
escribiendo sobre sus cotidianas hecatombes
que no le importan ni a sus madres.

Me quito el sombrero
ante los que hacen el ridículo más grandioso
acudiendo a ese programa televisivo
de cenas y citas para buscar su media naranja,
y la mitad son rechazados por alguien
aún más patético que ellos mismos.

Pero sobre todo por eso
cada día admiro más a mi perro y a mis gatas,
que orinan y defecan en público sin ningún pudor,
no persiguen ser las estrellas de la película,

y además

la única lírica que respetan es aquella
que recito al abrir el envase plástico
lleno de su comida húmeda favorita,
mientras un par de mariposas in love
revolotean ajenas a su atención
sobre sus peludas y hermosas cabezas

de seres sin complejos ni necesidad
de que cualquier alucinado les haga la ola.

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